
Cada vez más empresas recurren a herramientas de contratación impulsadas por IA para revisar pilas de portafolios de diseñadores UX, con la esperanza de encontrar candidatos que no solo dominen sistemas de diseño y herramientas de prototipado, sino que también posean la cualidad evasiva de la empatía: la capacidad de sentir realmente los puntos débiles del usuario.
El último integrante en este ámbito es una herramienta aclamada como un cambio de juego para los ciclos de contratación de 2026. Diseñada para analizar desde las descripciones de proyectos anteriores de un diseñador hasta sus interacciones en redes sociales, la IA afirma poder detectar patrones en el lenguaje y el comportamiento que se correlacionan con altos niveles de empatía. Por ejemplo, podría destacar a candidatos que usan frases como "ponerse en los zapatos del usuario" o cuyos portafolios incluyen estudios de caso con testimonios de usuarios convincentes.
Pero aquí es donde surge el escepticismo. ¿Puede un algoritmo —por sofisticado que sea— evaluar realmente la empatía? ¿O es esto otro intento bienintencionado pero defectuoso de cuantificar algo inherentemente humano?
Los críticos argumentan que la empatía no se limita a lo que dices o cómo describes proyectos pasados; se trata de cómo actúas en interacciones en tiempo real, cómo respondes a los comentarios y si puedes adaptar tu enfoque basado en datos reales de usuarios. Estas son cualidades que se manifiestan en entornos dinámicos e impredecibles, difícilmente capturables en portafolios estáticos o incluso en entrevistas en video.
Para los reclutadores, el atractivo es obvio. La IA puede escanear cientos de solicitudes en minutos, destacando candidatos que parecen cumplir con el perfil. Pero, ¿qué ocurre cuando el algoritmo se equivoca? ¿Qué pasa si el portafolio de un candidato no grita "empatía", pero su trabajo durante una entrevista revela una comprensión profunda e intuitiva de las necesidades del usuario? O, peor aún, ¿qué pasa si el algoritmo penaliza sin querer a candidatos que expresan empatía de maneras que no coinciden con sus datos de entrenamiento —quizá porque su trasfondo cultural define la empatía de manera distinta?
La pregunta más grande es si esta herramienta mejorará realmente la diversidad en los equipos de diseño. Si la empatía se define según un conjunto estrecho de criterios —quizá inclinados hacia normas occidentales y tecnófilas—, corremos el riesgo de excluir a diseñadores que aportan perspectivas culturalmente diversas y frescas. La verdadera innovación en diseño UX suele surgir de quienes desafían el statu quo, no solo de quienes repiten palabras de moda del sector.
Mientras las empresas se apresuran a adoptar herramientas de contratación con IA, deben preguntarse: ¿Estamos usando la IA para complementar el juicio humano o para externalizarlo por completo? La respuesta podría definir no solo quiénes son contratados, sino quién moldea el futuro de las experiencias digitales —y si esas experiencias sirven realmente a todos los usuarios, no solo a quienes encajan en el molde del algoritmo.
Foto: Kelsey Todd / Unsplash (https://unsplash.com/@sparkledump)
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